Fr. Lino Dolan Kelly, O.P.

La octava Bienaventuranza

BIENAVENTURADOS LOS QUE SUFREN PERSECUCION

POR LA JUSTICIA
 

SAN MATEO

Bienaventurado ustedes cuando los injurien, los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa.

Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes. (5, 11.12)

 

SAN LUCAS

Bienaventurados ustedes cuando los hombres los odien, cuando los expulsen, los injurien y proscriban su nombre como malo, por causa del Hijo del hombre.

Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo, porque de ese modo trataron sus padres a los profetas.(6, 22.23)

 

Tanto en Mateo, como en Lucas, esta bienaventuranza es la más extensa y aparece en último lugar. Hay diferencias en la formulación que se puede apreciar comparando los textos pero es una sola bienaventuranza con dos modos de expresión.

Esta bienaventuranza es diferente que las demás; su forma literaria es más amplia, en contraste con la brevedad sintética de las otras. La primeras refieren a sufrimientos presentes; esta, se refiere a sufrimientos posibles y futuros.

El lenguaje concreto de Lucas nos hace pensar en las persecuciones contra los cristianos comenzado por los judíos. De otra manera, no se explica plenamente esta bienaventuranza.Entre los años 70 - 80, después de la destrucción de Jerusalén, los judíos lograron dar un nuevo impulso al judaísmo oficial y prohibieron que los cristianos participasen en la plegaria judía. Se convierte en hecho la separación entre judíos y cristianos: el cristianismo está considerado como una secta rechazada por el judaísmo. Esta es la situación que se ve en la bienaventuranza.

La situación que describe la bienaventuranza corresponde a la que conocieron los cristianos de la edad apostólica, en el momento que el judaísmo rechazó su fe y comenzó a perseguirlos, y en el momento también en que los adeptos a Cristo tomaron suficiente conciencia de lo que les separaba del judaísmo oficial, para poder decir ellos y sus padres, hablando de los judíos.

 

Esta bienaventuranza no se explica plenamente más que en función de la experiencia vivida por la Iglesia primitiva. La formulación pertenece a esta época tardía

Los elementos esenciales de la última bienaventuranza son:

- los sufrimientos de los perseguidos

- la felicidad de los mismos

- la persecución por Cristo

Los discípulos son los sujetos pasivos de los malos tratos venidos desde afuera; el gozo en el sufrimiento brota en el interior de la persona (la recompensa es futura pero la esperanza es tan fuerte que produce un gozo en el presente); la persecución por causa de Cristo viene a darle su sentido pleno a la bienaventuranza. Así, no es el hecho en sí, de ser perseguido, sino el que sea por Cristo.

El tema del justo perseguido y su bienaventuranza definitiva, aparece ya en el AT: Sab 2 - 5; Mac 6 - 7. También se describe el gozo después del sufrimiento: Is 35, 10; 51, 11; 61, 7; Sal 126, 5, pero no el gozo en el sufrimiento. Tampoco en el judaísmo se encuentra esa doctrina. Parece ser un tema original de Jesús mismo.

Sobre este tema, en el NT, hay numerosos textos: 1 Pe 1, 4 -6; 4, 14 - 14; Heb 10, 32 - 36; Rom 5, 3; Hech 5, 41; Col 1, 24; 2 Cor 8, 2; 1 Tes 1, 4. En estos textos, la alegría y las pruebasse juntan. Esta doctrina, ausente en el AT, y en el mundo judío, debe ser considerada como propia del cristianismo,

Todas las otras bienaventuranzas se dan en todas situaciones; esta última exige un contexto y una situación especial: un estado de persecución por el nombre de Cristo. Cuando sucede algo terrible en nuestra vida, debemos proclamar o decir sencilla y humildemente esta bienaventuranza de Jesús, sin extrañarnos que antes hayamos pedido que pase de nosotros. Los candidatos, los privilegiados del Reino, no solamente han de vivir los rigores de una dura existencia sino habrán de padecer la violenta persecusión, la deliberada opresión de los hombres.

Todo esto nos pone frente al enigma indescrible que ha venido acuciando al pensamiento humano desde siempre: el mal, el sufrimiento, la cruz. Raïsa Maritain, esposa del filósofo cristiano, Jacques Maritain, resume el pensamiento de muchos:

«si Dios existe, es infinitamente bueno y onmipotente. Pero, si es bueno, ¿por qué permite el sufrimiento? Y, si es omnipotente, ¿por qué tolera los malvados? Por lo tanto, Dios no es ni omnipotente, ni infinitamente bueno, o sea, no existe».

 

De este modo piensan muchas de las personas de nuestro mundo actual. La realidad del sufrimiento no es fácil de relacionar con la afirmación de la existencia de Dios, y más aún de un Dios-Amor, infinitamente bueno.

Un autor cristiano, Paul Claudel, dice:

«El sufrimiento es un misterio. Jesucristo no ha venido a suprimir el sufrimiento. Tampoco ha venido a aclararlo. Ha venido a acompañarlo con su presencia.»

Los primeros cristianos estaban persuadidos de que profesando la fe en Jesucristo chocarían con la oposición del entorno judío y pagano. Desde el principio, habían comprendido que hacerse cristiano significaba entrar en una comunión de sufrimiento. Sentían hasta físicamente la solidaridad profunda con la pasión y la muerte del Señor.

Para nosotros, los cristianos, no cabe hablar de contradicción; pero sigue siendo un misterio. Un misterio que, a la luz de Cristo paciente, se ve como señal de bendición, aunque permanezca impenetrable siempre su incomensurable profundidad.

 

Nada como el dolor - de la clase que sea - hace sentirse al hombre tan pequeño, impotente y desvalido. Pero, eso mismo, puede ser la catapulta que lo lance con fuerza al otro polo del cristianismo: al amor. No acaba el hombre de entender el misterio de dolor, al igual que no acaba de entender el misterio de mal. La cruz del resucitado es lo que permite al creyente decidirse en medio de la oscuridad y del absurdo, por el riesgo de la esperanza: la imitación de la cruz - «locura para los paganos y escándalo para los judíos, pero poder de Dios para los creyentes» (1 Cor 1, 18).

Nadie aclara este misterio, el supremo misterio. En las carnes sensibles de Cristo humillado tiembla todo el dolor del mundo: la inocencia de los niños, el amor de las madres, las noches del enfermo, la soledad del preso, los genocidios de Auschwitz, los desaparecidos, las víctimas inocentes de la guerra y la política.

Los profetas, que predicaban la verdad, obtenían desprecios, oprobios, azotes, martirio, muerte. Los verdaderos testigos de la verdad han sufrido siempre; Los falsos, no. El continuo cruzarse de la persecución con la vida del justo debería tener una explicación. Lo que era un misterio insondable en el AT, comienza a desvelarse unos años antes de Cristo (Sab 5, 1 - 16). Solamente en la cruz de Cristo se nos revela que lo que fue un signo de maldición para los hombres se ha convertido en instrumento necesario para la redención. Padecimiento y gloria; persecución y dicha; realidades inseparables desde que Cristo transfiguró en gloria el oprobio de la cruz. Cinco veces afirma Jesús que sin llevar la cruz no se puede pertenecer al grupo de sus discípulos: Mt 10, 38; 16, 24; Mc 8, 34; Lc 9, 23; 14, 27.

Ya no hay otro camino de bienaventuranza sino el de la persecución. Jesús lo predijo para sus discípulos: Jn 15, 18; 16, 2 - 4.

Hay cruces y sufrimientos que renuevan a los cristianos y a la Iglesia. La participación en los sufrimientos de Jesús nos lleva a la resurrección (Jn 12, 24). La cruz acaba en la resurrección. Misterio es la cruz de Cristo; misterio es la cruz de la Iglesia; misterio es la cruz de cada cristiano, en particular. Pero desde que Cristo murió en ella, no puede tener otro significado que no sea de bendición y de predilección divina. Las vidas de los santos expresan esta verdad.

Todo en el mundo, hoy, nos lleva a olvidar al Dios crucificado; se intenta transformar el cristianismo en una ideología religiosa o en una religión de observancia, que pierde de vista al radicalismo del evangelio. Sin embargo, son los pobres que nos recuerdan el rostro humano y sufriente de Jesús, sus opciones y predilecciones y que la liberación auténtica pasa por la cruz.

El dolor por el dolor no tiene sentido; el sufrimiento cristiano presupone el seguimiento a Jesucristo y la inserción de nuestro dolor al suyo propio.

Esta última bienaventuranza, en diferencia con las otras, no trata de categorías de personas ni actitudes permanentes a adquirir, sino de algo transitorio y eventual, es decir, la persecución y el martirio. Esta bienaventuranza va de la cruz a la resurrección: es el vértice de la perfección interior. Jesucristo ocupa el lugar central puesto que es la adesión a su persona - por mi causa, según Mateo; a causa del Hijo del hombre, según Lucas, la que garantiza la dicha definitiva.

San Lucas pone el énfasis en la persecución misma, por Cristo, como garantía del Reino; San Mateo hace objeto de la bendición el motivo que provoca la persecución y el espíritu con que se la soporta. Ser perseguido por causa de la justicia equivale a serlo por ser cristianos. Se trata de una persecución basada en la calumnia, la mentira, contra la inocencia y la bondad.

 

Generalmente no es fácil vivir las bienaventuranzas cuando se convive entre los hombres del mundo; pero tampoco es fácil convivir con un santo. Los santos nos incomodan con la integridad y fidelidad de su fe y su vida. Sin ni siquiera decirnos palabra, la fuerza incontestable de su vida cuestiona nuestra debilidad y cobardía.

El Evangelio es una especie de declaración de guerra frente a la anarquía desatada en la tierra a partir del primer pecado del hombre:

- guerra en la intimidad de las conciencias (Mt 10, 38

- guerra en los afectos (Mt 10, 37)

- guerra frente al mundo (Mt 10 16 - 32)

Todo el Capítulo 10 de Mateo nos resume lo necesario para considerarnos discípulos de Cristo.

Hoy, en muchos países, los cristianos son perseguidos, torturados y martirizados por sus convicciones religiosas. Es comprensible y aún inevitable que cuando un hombre vive de verdad el evangelio, las fuerzas de mal se levanten contra él. Pero el Señor ha dicho: « Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Así habla Jesús animando en la lucha, a la que debe seguir segura victoria.

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