Fr. Lino Dolan Kelly, O.P.

La cuarta Bienaventuranza

BIENAVENTURADOS LOS QUE TIENEN

 

HAMBRE Y SED DE JUSTICIA

 

Como ya se ha indicado, las palabras sed de justicia en la versión de San Mateo, amplían el concepto de esta bienaventuranza sin contradecir el sentido de «hambre» de pan manifestado en la versión de San Lucas.

En Lucas, esta bienaventuranza es como una determinación y concreción de la primera. Tiene sus raíces en el AT con Abrahán (Gen 12, 10), Jacob y José (Gen 41, 57), el mismo pueblo de Israel en el desierto (Ex 16, 2-3). También en el NT vemos que los apóstoles mismos sufrieron hambre y sed (1 Cor 4, 11-13).

Hambre y sed son las consecuencias de la pobreza y son un vacío apto de ser llenado con la hartura de Dios. Cuando Jesús proclama bienaventurados a los hambrientos, utiliza una idea viva, que tiene cuerpo de austeridad, informada por el ansia del hambre de Dios. La gente que le oía, entendía perfectamente a que se refería. Así se entiende la relación entre el hambre y la dicha expresada en San Pablo (Rom 8, 18).

Los hambrientos de pan y de Dios serán saciados en el Reino: Ap 21,6; 22, 17.

Sin embargo, en la versión de Mateo, se capta mejor el sentido pleno que la gente entendía al escuchar a Jesús . El hambre y la sed de justicia perfilan la auténtica imagen del cristiano. La palabra justicia cambia radicalmente el entendimiento de la bienaventuranza; se trata de una disposición del espíritu desconectada de toda referencia material y orientada plenamente a la justicia. Sin embargo, es importante que se tenga siempre presente lo de Lucas porque las dos versiones juntas ofrecen el sentido pleno y completo de las palabras de Jesús.

Mateo, al hablar de hambre y sed de justicia, no se refiere al sentido físico y material al estilo de Lucas, sino piensa en personas que aspiran a la justicia con todo su ser; se trata de una actitud, de un deseo ardiente del espíritu.

La expresión «tener hambre y sed» es una metáfora ya usada en el AT para comunicar un deseo de algo que puede alcanzarse.por ejemplo, la sabiduría (Sir 24, 19 - 21) o para escuchar la palabra de Dios (Amós 8, 11 - 12). El hambre y la sed se presentan como una búsqueda.

¿Qué entiende Mateo aquí por justicia? Hoy, se habla mucho de la justicia social y los derechos de los hombre. Aúnque la bienaventuranza de Mateo tiene cierta relación con esta profunda aspiracaión de nuestros días, sería deformar el pensamiento expresado en esta bienaventuranza si se la redujera simplemente a la reivindicación de los derechos huanos. Lo que expresa Mateo a los primeros cristianos, discípulos de Jesús, tiene un contenido más profundo y más extenso que nuestra concepción contemporaneo de justicia.

La tsedaga, la justicia, es una noción central en el judaísmo bíblico. Está considerado como un atributo divino y signfica la fidelidad de Dios a la Alianza y a sus promesas, especialmente para con los pobres y los sin derechos. En este sentido, la justicia es necesaria para comprender la Alianza - idea eje que estructura toda la Biblia. La justicia es una de las exigencias del espíritu humano a la que Dios tiene que dar satisfacción: Dios tiene que remunerar el bien y castigar el mal. En la religión judía, servir a Dios equivalía a cumplir sus mandamientos. El que lo hacía era un tsadiq, un justo.

En Mateo, la verdadera religión consiste en la práctica de la justicia (Mt 7, 21). La nueva justicia, la del reino de los cielos, en lenguaje moderno, se llama santidad. Sólo Mateo llama a José justo (1, 19) que equivale a piadoso, santo.

¿Cuál es esta nueva justicia del Reino? Solamente encontramos pistas en el Evangelio de Mateo:

a) justicia que ha de ser superior a la de los fariseos, debe sobrepasarla (5,20)

b) justicia interior frente a la ostentación (6, 1)

c) cumplir con toda justicia, toda ley (3, 15)

d) ir por la senda de la justicia (21, 32)

e) Justicia de Dios (6, 33) que no está identificado con la falsedad de los escribas y fariseos (23, 27)

f) justicia interior (15, 11)
 

 

En resumen, Justicia en el hombre consiste en la búsqueda de la Justicia de Dios (Mt 6, 33) Esta concepción esencial alcanza la plenitud de su significado en la formulación absoluta de la bienaventuranza: «hambre y sed de justicia».

No cabe, entonces, interpretar la justicia solamente en sentido jurídico y social aunque dentro de esta justicia por antonomasia de la bienaventuranza, está incluida toda relación jurídica y moral.

Para tener una idea más clara del pensamiento de Jesús relativo a la naturaleza de la justicia cristiana se tiene que leer y estudiar todo el Sermón de la Montaña que, en efecto, es el más típico resumen de las concepciones del Señor sobre la justicia. Para Mateo, ser cristiano es ser justo, es ser santo.

La justicia, cuyo hambre y sed Mateo bendice, no es, ciertamente, la justicia con la cual Dios es justo, porque ésta es incomunicable. Más bien, es la justicia con la cual Dios nos hace justos, es decir, nos justifica, nos santifica en el sentido de que Pablo ha hablado de la justificación por la gracia.

Aúnque sea necesario esta «justificación» personal, no es suficiente; hay que hambrear esta justicia para todos, haciéndonos ver la imposibilidad de rendir un culto a Dios, limpio y auténtico, si nos desentendemos de nuestros hermanos. Este aspecto de hambre y sed de justicia nos hace ver desde temprano en el AT, especialmente en los profetas: Gen 18, 19; Jer 7, 1 - 7; 9, 23; 21, 11 - 12, 16; 22, 3; Amós 5, 21 - 24; 1 Sam 15, 22; Is 1, 15; 51, 1; 58, 6 - 7; Ez 18, 5 - 9; 18, 30 - 31; Os 12, 7; Sal 10, 18; 33, 4 - 5; 35, 10.

Todos estos textos refieren a la actitud y la práctica de la justicia de Dios hacia el hermano para no descalificar el culto a Dios. Nada de sacrificios en el altar si no haya la práctica de la justica.

En el NT, desde el Magnificat de Lucas (1, 52 - 53), resuena el eco de esta mimsa exigencia: quiero misericordia y no sacrificio. Jesús mismo (Mt, 9, 13) vuelve a insistir en este concepto fundamental enseñado con más insisitencia por Pablo en todas sus cartas: no es la Ley que justifica sino la gracia (la justicia de Dios).

Jesús proclama el Reino, interveniendo en la historia de los hombres, asume sus dolores y esperanzas. Se acerca a los pecadores, a los pobres, a los marginados y, así, rompe con el pensamiento sociorreligioso de sus tiempos. Relativiza el valor absoluto de las observancias religiosas y reivindica que el acceso al Padre está en el servcio al pobre, donde Dios se esconde de forma anónima. A este servicio debe subordinarse la práctica del culto y el mismo ejercicio de la oración (Mt 5, 23 - 24; Mc 11, 25; 1 Jn 3, 17 - 18; 4, 20).

En el AT el concepto de la justicia de Dios fue muy relacionado con la idea que Dios recompensaría a los buenos y castigaría a los malos - sin mucha referencia a la actitud de uno mismo hacia los demás. Jesús enseñara que para gozar de la justicia de Dios, nosotros, los hombres, tenemos que practicarla entre nosotros mismos, sobre todo en nuestra capacidad de perdonar. La justicia de Dios, entonces, está condicionado por la práctica de la justicia con los demás, como decimos tantas veces al día en el Padre Nuestro (Mt 6, 14 - 15). Es el amor al prójimo que merece la recompensa divina (Mt 7, 1 - 2; Lc 6, 37 - 38).

Es evidente, entonces, que no se puede separar conversión personal y reforma de estructura injustas. La primera es fundamental pero no sería auténtica si no nos llevara a vivir sus consecuencias en la sociedad. La justicia-santidad comienza por la conversión del corazón transformando a las personas - el Reino de Dios está dentro de nosotros (Lc 17, 21) y hay que renacer para entrar en el Reino (Jn 3, 5; Ef 4, 24). Pero esta justIcia-santidad tiene su dimensión social. Todas las realidades humanas - la cultura, la economía, las relaciones sociales y familiares, la política - todo ha de ser redimido y santificado. Por eso ha insistido tanto el Papa Juan Pablo II, en sus discursos, igual como nuestros Obispos latinoamericanos, sobre todo en Puebla, en la liberación integral del hombre a partir de la evangelización de todos los aspectos de la vida humana. La construcción del Reino no puede separarse de la lucha por la justicia o del servicio a los pobres.

La justicia de Dios es un don, un regalo; nosotros nos dejamo invadir y ser penetrado con este don divino de la justicia para construir la justicia en el mundo entre todos los hombres. No hay estructuras sin personas. La clave de todo cambio social es el hombre. Es el hombre - la persona humana - que debe cambiar para asegurar la transformación de las estructuras sociales, las leyes. El mundo no se transformará sin nuestro esfuerzo y sacrificio para hacernos mejores.

Cristo no vino solamente para eliminar el pecado sino también los efectos del pecado, ya en esta vida. Negar esto, sería minimizar la ascética y la espiritualidad cristiana, negar el valor deesta bienaventuranza. No hay verdadero amor a Dios, no hay salvación si no se ama eficazmente, si no se hace justicia al prójimo. Cuánto más nos acercamos a Cristo, tanto más nos acercamos los unos a los otros. El cristiano no puede pretender su identificación con Jesucristo y usar medios que ofenden a la justicia. En el Concilio Vaticano II, los Padres conciliares dicen: «cumplir antes que nada las exigencias de la justicia para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de la justicia; suprimir las causas y no sólo los efectos de los males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben, se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos.»

Seamos conscientes que no ha sido siempre la Iglesia que ha reconocido y denunciado lo anti-evangélico en el comportamiento del mundo. A veces no hemos entendido las palabras del ángel a los discípulos después de la Asención de Jesús (He, 1, 11). Seguimos mirando al cielo cuando debemos notar lo que está pasando a nuestro alrededor. Urs von Balthasar, teólogo muy apreciado por el Papa, Juan Pablo II dice:

«¿Habría resultado necesario el comunismo si los cristianos hubiesen límpidos y diáfonos en el momento oportuno? La Biblia del antiguo y nuevo testamento, ¿no nos recomendó desde siempre que nos preocupásemos humanamente de los pobres y los despojados? Y si no hubieran existido fatales vinculaciones entre los explotadores y la religión cristiana, ¿habría sido necesario el ateísmo moderno?»

Cristo trajo la espada al corazón de la historia humana. El Señor, en el sermón de la montaña, nos ha puesto en guardia, exigiendo que nuestra justicia sea mayor que la de los fariseos. La nueva justicia cumple la justicia de la ley antigua, superándola.

La cruz + es el símbolo, por excelencia, del cristianismo. Tiene dos dimensiones: vertical | y horizontal -- . No puede haber verdadera opción | sin el amor al prójimo, que implica mecesariamente la justicia; y, la opción --, si es genuína y desinteresada, inevitablemente termina por acercarnos a Dios, por hambrear toda justicia. Estas dos dimensiones no son para el cristiano dos regiones paralelas, sino que la una condiciona la otra. El hombre cristiano en su unión con Dios debe encontrar la fuerza para su compromiso social. Solamente hay una auténtica relación con Dios cuando se ame verdaderamente al prójimo.

Esta dos dimensiones han de ser consiliadas sin que sean idénticas. Aunque se encuentran las dos dimensiones + no se identifican. Hay una jerarquía de valores; primero, Dios, después, el hombre. Cuando se dice que el amor a Dios es el primer mandamiento no se afirma sólo una primacía de hecho sino una prioridad de derecho, de valor.

Esto es, precisamente, lo que hace la oración, la contemplación: es como una afirmación práctica del primado de Dios. Defender la primacía de la oración es defender la primacía del amor a Dios. Así nos enseña Santo Tomás de Aquino.

La contemplación es la fuerza más radical de la adultez humana porque es la convicción de que no hay nada nuevo en la historia a la que el hombre no puede dar forma en lugar de conformarse a ella, la forma del hombre, imagen dinámica del futuro Reino de Dios.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos. Quien tiene sed y hambre, comienza a saciarse ya, aquí en el destierro - en Cristo: «el que tenga sed que venga a mí y beba» (Jn 7, 37)

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