Fr. Lino Dolan Kelly, O.P.

La sexta Bienaventuranza

BIENAVENTURADOS LOS LIMPIOS DE CORAZON

SERAN LLAMADOS HIJOS DE DIOS

 

Esta bienabenturanza es radical y exigente. Es útil aproximarla a la de los pobres de espíritu porque las dos fórmulas son semejantes: hay en ellas una trasposición, al plano espíritual, de una cualidad física y material. La pureza evoca, en primer lugar, una cualidad del cuerpo, su limpieza; y, en segundo, la limpieza ritual, es decir, las condiciones para presentarse ante la divinidad.

 

El carácter ritual de la pureza estaba metido dentro del mismo alma de Israel y unido a la idea que tenía de la santidad de Dios. Y, para el judío del AT, el corazón era el centro de la vida interior - origen de todas las fuerzas psíquicas y espirituales. El verdadero centro de hombre en que se radica la vida religiosa que determina la actitud moral de las personas,

Esta bienaventuranza está especialmente inspirada en los salmos, sobre todo, Sal 24 (manos inocentes y pureza de corazón siendo los rasgos caraterísticas al que está admitido en la presencia del Señor). (Sal 51, 12; 73; Prov 22, 11; Ez 36, 26)

 

Ser limpio equivale a tener rectitud de intención y simplicidad de corazón (expresiones semejantes se encuentran en el NT en Ef 6, 5; Col 3, 22). Se limpia el corazón con la buena conciencia, con la fe sin doblez, siendo buenos y sencillos. La vida de unión con Dios es sencilla - somos nosotros quienes la complicamos.

Puros de corazón son aquellos en los que las disposiciones internas sincronizan con la acción externa; los que sirven a Dios y a los hombres con todo el corazón aunque éstos les engañen y los desprestigien, aunque les llamen ingenuos. Los que sirven sin cálculos interesados, sin píos fingimientos (Mt 6, 22 - 24; 10, 16)

Para el puro todo es puro (Rom 14, 14). El ideal no será tener el corazón libre de pecado - ideal inaccesible - sino ser leal, sincero, generoso con Dios y con los hermanos. Esta limpieza - pureza no se funda en el cumplimiento de una moral legalista (estilo de los fariseos), ni siquiera en la realización de unas acciones buenas (limosna, oración, ayuno) si éstas nacen del orgullo o la hipocrasía (Mt 6, 1 - 8); se fundamenta en la rectitud de intención, en la actitud de un corazón transparente y sin doblez.

 

El binomio, puro de corazón y manos límpias, es inseparable en la moral bíblica; la ética del Evangelio exige ambas cosas - actitud interior y obras externas coherentes con dicha actitud.

A veces, esta bienaventuranza se ha concretado en la castidad; sin embargo, aunque la incluya, no es solamente eso. Quien practica esta bienaventuranza, se hace signo radical del Reino y testimonio vivo del evangelio. Abarca no solamente la mera pureza sexual; todos sabemos que la misma virginidad corporal no es suficiente garantía de que la persona viva un cristianismo auténtico.

 

El estado de virginidad, la consagración a Dios sin división, no es fragmento accidental del mensaje de salvación: es el mismo mensaje, la esencia misma de la Iglesia, ya que la Iglesia es el Reino de Dios que camina ya por este mundo anunciando esa futura y siempre inminente transformación. Siempre ha de haber hombres y mujeres que encarnen este ideal de la virginidad y caminen por el mundo como símbolos de esa nueva edad (Jer 16, 2; 1 Cor 7, 29 - 35; Mt 19, 12).

El amor en el plano de la afectividad tiende normalmente a la totalidad de la persona, es decir, a invadir la esfera sexual. Por eso, la sexualidad, junto con el amor, ocupa un lugar destacado en el orden moral humano.

Por eso, también, la pureza de corazón require, en todos, la regulación del amor y placer. Inclusive, en el Evangelio, hay una invitación, una llamada a subir más alto que solamente aquellos que han recibido el don de esa percepción divina pueden oir. Es la pureza de corazón de aquellos corazones que, por la profundidad y la entrega de su amor, lo dirigen exclusivamente hacia el Señor, sin compartir con otros corazones su pureza virginal (Mt 19, 12).

La limpieza de corazón, de esta bienaventuranza, cierra las puertas a todo ídolo que pueda atarnos a las cosas de aquí, impidiéndonos ser libres para Dios. La vida cristiana es una peregrinación pero el cristiano no huye del flujo del mundo sino de la corrupción y el pecado. Se dirige al Reino de Dios, a la tierra prometida o a la visión de Dios.

Las exigencias de Jesucristo son siempre totales. Quiere pureza y desprendimiento en todo. El culto a la verdad es una de las primeras actitudes del discípulos del Señor. Esta bienaventuranza nos obliga a no buscar agradar a los hombres sino a ser honestos con Dios. La verdad nos hará libres (Jn 8, 12) de nuestros complejos, del "qué dirá la gente", del miedo al éxito o fracaso; libres de todo que pudiera doblegar nuestras conciencias.

 

La consagración a la verdad en los actos de nuestra vida personal y en nuestro comportamiento colectivo nos hace limpios de corazón, transparentes a Dios y a su palabra y nos habilita para dar testimonio de ella. En el mundo que vivimos, las apariencias engañan (lc 21, 1 - 4). Puro equivale a limpio, a sabor de transparencia, a simplicidad (2 Cor 1, 12; Flp 1, 10; 2, 15). La persona sinuosa, excesivamente prudente, temerosa siempre de que la puedan engañar y que se expresa con circunloquios, con segundas intenciones - es lo opuesto del limpio del corazón.

Esta bienaventuranza se refiere a la vida entera y no mira solamente a la pureza del cuerpo. San Mateo expone aquí una exigencia particular del Evangelio - la exigencia de la verdad evangélica. Expresa la cualidad interior de un acto moral. No se limita a lo interior sino se aplica a toda la persona. Equivale a «bienaventurados los puros».

En el AT, la puereza cultual o legal identificaba a la perfección religiosa. La excesiva legislación sobre ella hizo que se degenerara en un formalismo minuciosa y deprimente y perder de vista la relación entre lo simbolizado en los ritos (la aantidad de vida) y los ritos mismos. Los medios se conviertieron en fines. En la síntesis de Levítico, la Ley de la pureza (11 - 16) se une con la Ley de la santidad (17 - 26).

 

San Pablo se aterevió a proclamar que la ley mata. Y, Santo Tomás de Aquino añadía que no sólo la ley del AT sino también la del NT puede quedar en letra muerta si degenera en puro formalismo; siempre mata si no está transformado por el espíritu de Cristo. Hay una tendencia entre los hombres a considerar su perfección en términos del cumplimiento estricto de las normas, convertiéndonos en esclavos de la ley en lugar de hijos de ley.

También está propenso el hombre a juzgar la contaminación externa como más peligrosa que la interna. El hombre contemporaneo, siente, a veces, más la impureza en el agua o en el aire que la limpieza ecológica de su propio corazón.

Contra todo este formalismo, se elevó la voz de los profetas, proponiendo una pureza interna (Os 6, 6; Am 5, 21 - 25; Is i, 10 - 17; Jer 7, 4 - 7).

 

El fondo de esta bienaventuranza es el del AT que conoce a la vez una pureza legal y una pureza de corazón. Pero la bienaventuranza de Jesús no se limitará a una parte cualquiera del ser; abarca toda la persona humana. se trata de una perfección que condiciona la entera actividad moral de todos los seguidores de Cristo. Para entrar en el Reino, se necesita una pureza nueva que sobrepasa la perfección moral del AT.

Pureza de corazón es especialmente sinceridad, simplicidad frente a la duplicidad; consiste en una perfecta coherencia entre el pensamiento y el sentimiento con la realidad. Es una sinceridad radical que procede de mirar y ver con el corazón. Es la actitud de intención alabada por el Maestro en Nataniel (Jn 1, 47).

Los limpios de corazón verán a Dios. Como la pureza de corazón es esencialmente una actitud religiosa de perfecta sinceridad y fidelidad con Dios, adquiere todo su sentido la promesa: «ellos verán a Dios». Pero, la expresión verán a Dios no siempre tiene el mismo significado en la Biblia.

En general, se usa en el sentido cultual: Ex 23, 17; Deut 31, 11; Sal 42, 43.

Ver a Dios tiene siempre un sentido litúrgico y contemplativo. En la experiencia religiosa, adquiere todo su sentido la pureza de corazón. En el AT se asocia la actitud del corazón y el encuentro con Dios en el templo santo (Sal 24, 3.4)

En el NT esta visión de Dios, adquirirá perspectivas nuevas que sólo se realizarán cuando los elegidos entran plenamente en el Reino glorioso que ha traído la muerte y resurrección de Jesús. Hay que entender la promesa de la bienaventuranza en este nuevo sentido.

 

Decir que los limpios de corazón verán a Dios es una afirmación sorprendente y audaz, tomando en cuenta la convicción hebrea de la imposibilidad de ver a Dios: Ex 33, 20; 1 Re 19, 13; Is 6, 2.La promesa de una visión cara a cara de Dios en el cielo, es exclusiva del NT, y puesta en labios de Jesús. (1 Cor 13, 12; 1 Jn 3, 2)

Los limpios no solamente ven a Dios sino en ellos se ve a Dios. La limpieza es un testimonio de la presencia de Dios. Por pura lógica, la impureza imposibilita la visión de Dios. Esa presencia de Dios produce en los santos, en los limpios de corazón, anhelos de buscarlo, de encontrarlo, de verlo. La visión de Dios es el fruto de la contemplación cristiana. Los contemplativos son aquellos que tienen la experiencia viva de Dios y, a través de ella, se vacía su corazón de todos los ídolos, Se introducen en lo invisible de Dios y gustan ya de su presencia.El camino de la contemplación es el camino de la muerte del hombre viejo para renacer como discípulo en el espíritu de las bienaventuranzas. A través de la experiencia de la oración, de la comunicación de gracia, se puede iniciarse en esta visión de Dios, reservada para los limpios de corazón. ¡Ver a Dios! la expresión más exacta de toda bienaventuranza.

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