Fr. Lino Dolan Kelly, O.P.

APOSTOLADO SEGLAR

 

Se decía de nuestro fundador, Santo Domingo de Guzmán, que solamente habló con Dios o de Dios. El mensaje está claro: si queremos hablar de Dios – evangelizar – primero tenemos que hablar con Dios – orar. Solamente si estamos hablando de hombres y mujeres de sincera oración podemos hablar de evangelizadores. El Papa Pablo VI, en su Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi” lo dijo con claridad: “No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo.”  (75) Asimismo, el mismo Papa puso otra condición fundamental cuando dijo: “La obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza”. (79) En otras palabras, el/la evangelizador/a cumple el mandamiento básico de un discípulo de Jesucristo: ama a Dios sobre todas las cosas (orar) y a su prójimo como a si mismo (evangelizar).

 

Con palabras, muy directas y claras, los padres del Concilio Vaticano II, iniciaron su Decreto sobre el apostolado de los seglares, APOSTOLICAM ACTUOSITATEM, al decir: “Queriendo intensificar más la actividad apostólica del pueblo de Dios, el Santo Concilio se dirige solícitamente a los cristianos seglares, cuyopapel propio y enteramente necesario en la misión de la Iglesia ya ha mencionado en otros lugares. Porque el apostolado de los seglares, que surge de su misma vocación cristiana, nunca puede faltar en la Iglesia.”  El tenor de este documento conciliar determina, en términos no confundibles, el papel urgente y necesario de la participación activa y conciente en el apostolado de la Iglesia. Esta afirmación se resalta en el segundo párrafo cuando dice: “si un miembro no constituye según su propia capacidad al aumento del cuerpo, hay que decir que es inútil para la Iglesia y para sí mismo.”

 

El Papa Pablo VI, en su Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, (Anunciando en Evangelio), remarcó, con bastante claridad, lo que fue expresado en el Decreto del Concilio Vaticano II sobre el apostolado de los seglares. En primer lugar, estableció la relación entre Evangelización y la promoción humana al decir: “Entre evangelización y promoción humana - desarrollo, liberación - existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos.” (nº 31)

Posteriormente, después de definir los papeles de la Jerarquía y los religiosos en la obra de evangelización, se dirigió directamente a los laicos bautizados, diciendo: “Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelización. Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial - esa es la función específica de los Pastores - sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo”. Y continúa diciendo: “El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc”. (nº 70)

 

Por supuesto, este no impide que los seglares participen en los ministerios propiamente eclesiales, ayudando a los párrocos en la obra de formación en la fe del pueblo. El mismo Papa Pablo VI dice: “No hay que pasar pues por alto u olvidar otra dimensión: los seglares también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles.”  Ciertamente son ministerios no solamente muy apreciados sino esenciales para la vida parroquial. ¿Qué haríamos sin catequistas, ministros de la Eucaristía, lectores de la palabra o ministros de orden o de música en la parroquia? Sin embargo, como discípulos de Cristo, les incumbe a todos los bautizados a ser concientes de su primera y primordial  tarea como participantes en el sacerdocio universal de Cristo. Somos todos misioneros, apóstoles y profetas que ser esume en una sola palabra – Evangelizadores.

Y, ahora último, el Santo Padre, Benedicto XVI, en su discurso inaugural de la V Asamblea General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida, Brasil, el año pasado, ha vuelto a hacer recordar a los laicos de esta misión, como discípulos de Cristo cuando dijo: 

”En estos momentos en los que la Iglesia de este continente se entrega plenamente a su vocación misionera, recuerdo a los laicos que ellos también son Iglesia, asamblea convocada por Cristo para llevar su testimonio a todo el mundo…. Muchos de ustedes pertenecen a movimientos eclesiales, en los que podemos ver signos de la multiforme presencia y acción santificadora del Espíritu Santo en la Iglesia y en la sociedad actual. Están llamados a llevar al mundo el testimonio de Jesucristo y a ser fermento del amor de Dios entre los hombres.”

Y, recogiendo el pensamiento del Santo Padre, los Obispos, en la Asamblea misma, en su documento final, enfatizaron, una vez más, el papel principal del cristiano laico en el mundo hoy: “Los fieles laicos son los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. … Su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que con su testimonio y su actividad contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio. … El ámbito propio de su actividad evangelizadora es el mismo mundo vasto y complejo de la política, de realidad social y de la economía, como también el de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los ‘mass media’, y otras realidades abiertas a la evangelización, como son el amor, la familia, la educación de los niños y adolescentes, el trabajo profesional y el sufrimiento”. Además, tienen el deber de hacer creíble la fe que profesan mostrando autenticidad y coherencia en su conducta.”

Así, podemos y debemos concluir que el apostolado seglar, en primer lugar, es la encarnación de la Palabra de Dios en la sociedad misma, especialmente a través del testimonio de vida. Esta actividad, de manifestar los valores del Evangelio, insertado en los quehaceres del mundo, es, sin duda, una tarea ardua y extremadamente difícil en un mundo más y más secularizado e indiferente frente a los valores religiosos, éticos y morales. Sin embargo, nuestra fe cristiana no es simplemente una fe en abstracto sino es la convicción de que Dios se hizo parte de la humanidad en Jesucristo y, por lo tanto, impregna todos los aspectos de nuestra vida realmente humana. Uno es cristiano no solamente en los actos de culto o en la expresión de religiosidad sino también en todos los aspectos de la vida diaria: en la vida familiar, en el trabajo, en la vida política, económica y social.

Nuestros Obispos, en su Asamblea, se habían propuesto “la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo.” Teórica y doctrinalmente han cumplido con su propósito. Sin embargo, hace falta que las verdades expresadas lleguen a sus destinos y penetren la conciencia y los corazones de todos los bautizados. 

No cabe duda que América Latina sigue siendo, oficialmente, un continente de bautizados en la Iglesia Católica. Sin embargo, como lo ha expresado un sacerdote hace poco, hay “muchos bautizados pero pocos cristianos”. Este quiere decir que, para la gran masa de bautizados católicamente no hay una conciencia que han sido, por este acto sacramental, hecho uno con Cristo mismo, parte de su Iglesia y portadores de la misión de la Iglesia que es la continuación de la de Cristo mismo.

El de “ser católico” se ha limitado, muchas veces, y en el mejor de los casos, a escuchar misa los domingos y cumplir con unas devociones personales; no hay mucha conciencia del aspecto comunitario de nuestra fe o lo que significa pertenecer a la Iglesia. El fenómeno de secularización, presente fuertemente en otras partes del mundo, se está infiltrando no tan lentamente en nuestro continente debido, en parte, a la falta de testimonio vivo de las comunidades eclesiales o, tristemente, al mal ejemplo o falta de coherencia entre los que profesamos creer y el comportamiento social.  También influyen, especialmente en la juventud, los avances científicos y tecnológicos en los diversos campos de actividad humana, como la medicina, los medios de comunicación y otros. El hombre del Siglo XXI se siente liberado de Dios mismo.

Hace falta una formación continuada y profunda en las enseñanzas de la Iglesia que lleva a una indiferencia religiosa y una ignorancia del significado propio de lo que significa ser cristiano. Sin duda, hay aún una auténtica religiosidad popular que mantiene viva una fe personal pero que, en la mayoría de los casos, no se integra a la vida de la Iglesia o de la comunidad de fe. Desde la Reforma Protestante se considera la religión como un asunto personal entre Dios y el individuo y no la expresión comunitaria de una unión con Cristo  en el Cuerpo Místico de la  Iglesia.

Por esto, los Obispos nos hacen recordar una cosa fundamental cuando dicen: ”Muchos de Ustedes pertenecen a movimientos eclesiales, en los que podemos ver signos de la multiforme presencia y acción santificadora del Espíritu Santo en la Iglesia y en la sociedad actual. Están llamados a llevar al mundo el testimonio de Jesucristo y a ser fermento del amor de Dios entre los hombres.” En otras palabras, los movimientos eclesiales, además de expresar la fe de sus miembros, también tienes que ser portavoces del evangelio en otros ambientes.

En toda actividad evangelizadora, hay dos extremos que se tiene que evitar. Por un lado, el fundamentalismo que vive la letra del evangelio pero no el espíritu, y por el otro lado, el relativismo, que busca aguar el mensaje para que no sea tan exigente.

Los campos de Apostolado Seglar son múltiples. Al respecto, los obispos ofrecen una apreciación muy amplia al decir: “Por tratarse de un Continente de bautizados, conviene colmar la notable ausencia, en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada, que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas. Los movimientos eclesiales tienen aquí un amplio campo para recordar a los laicos su responsabilidad y su misión de llevar la luz del Evangelio a la vida pública, cultural, económica y política.”

También los Obispos enunciaron los criterios fundamentales para la evangelización en nuestros tiempos: ”En estos momentos en los que la Iglesia de este continente se entrega plenamente a su vocación misionera, recuerdo a los laicos que ellos también son Iglesia, asamblea convocada por Cristo para llevar su testimonio a todo el mundo. Todos los hombres y las mujeres bautizados tienen que tomar conciencia de que han sido configurados con Cristo sacerdote, profeta y pastor, por medio del sacerdocio común del pueblo de Dios. Tienen que sentirse corresponsables en la edificación de la sociedad según los criterios del Evangelio, con entusiasmo y audacia, en comunión con sus pastores”.

Con todo esto en mente ellos, en su documento final podían decir: “Son los laicos de nuestro continente, conscientes de su llamada a la santidad en virtud de su vocación bautismal, los que tienen que actuar a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios. La coherencia entre fe y vida en el ámbito político, económico y social exige la formación de la conciencia, que se traduce en un conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia. Para una adecuada formación en la misma, será de mucha utilidad el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. La V Conferencia se compromete a llevar a cabo una catequesis social incisiva, porque “la vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas.”

Espero que me disculpen citar tanto al Magisterio de la Iglesia pero Ustedes, como yo, no solamente formamos parte de esta Iglesia, somos Iglesia.  Y es este un elemento fundamental que, a veces, olvidamos en un mundo, como el nuestro, que pone tanto énfasis en lo individual. La Iglesia es esencialmente una comunidad de fe. Lo que distinga las obras de la Iglesia de otros que actúen por motivos humanitarios es precisamente lo que decimos al iniciar esta ponencia. Nuestro actuar surge de la contemplación del misterio de Dios con una vida de oración y nuestra entrega, sin temor, a anunciar la Buena Nueva de esperanza a favor de la dignidad de todas las personas.  

Jesús no se refugió en el Templo de Jerusalén sino se mezclo con los que fueron excluidos del templo: los pobres, los lisiados, los leprosos, - en una sola palabra, con los pecadores de este mundo. Por el Bautismo fuimos hecho parte de Cristo mismo y, por eso, urge que continuamos su misma misión – anunciar la buena nueva a los pobres. Por el Bautismo, todos participamos en el sacerdocio de Cristo que es, a la vez, profético. Esta verdad, muchas veces olvidado, fue enunciada bellamente por Monseñor Oscar Romero, mártir por identificarse con la causa de los pobres cuando dijo:

“Qué hermoso será el día en que cada bautizado comprenda que su profesión, su trabajo, es un trabajo sacerdotal; que, así como yo voy a celebrar la misa en este altar, cada carpintero celebre su misa en su banco de carpintería, cada hojalatero, cada profesional, cada médico con su bisturí, la señora del mercado en su puesto... están haciendo un oficio sacerdotal. Cuántos motoristas sé que escuchan esta palabra allá en sus taxis. Pues tú, querido motorista, junto a tu volante, eres un sacerdote si trabajas con honradez, consagrando a Dios tu taxi, llevando un mensaje de paz y de amor a tus clientes que van en tu carro.” (20 DE NOVIEMBRE DE 1977)

En un mundo donde se habla tanto de la globalización, hace falta que la verdad universal de nuestra fe también sea globalizada.

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