Fr. Lino Dolan Kelly, O.P.

SUPERANDO LA CRISIS

 

Desde hace un tiempo atrás, acá en el Perú, el Consejo Permanente de los Obispos cuestionaba la ética del plan económico neo liberal del gobierno, sobre todo porque no tomaba en cuenta la situación de los más pobres del pueblo. Un Ministro de Economía de este gobierno, en una oportunidad, hizo un comentario público al respecto, argumentando que los Obispos no tenían nada que decir sobre el asunto porque la ética nada tiene que ver con la economía, siendo la Economía una ciencia autónoma con sus propias reglas.

Lo triste es que esta forma de pensar del ex Ministro de Economía del Perú, referente a lo económico, está compartido, al parecer, por un buen número de profesionales de casi todos los campos, en lo que se refiere a sus propias especialidades. La "ética profesional" no pasa de ser un curso universitario más, promovido por unos cuantos utópicos académicos o el reclamo de unos desadaptados a la modernidad. Lo que vale, nos dicen, en "la vida real" es la eficacia, lo que produce resultados.

 

Las reglas éticas o morales ya se consideran utópicas y contraproducentes en nuestros tiempos. Los valores transcendentales que inspiran un trato ético o moral entre personas y pueblos - la vida, la dignidad de cada persona, la verdad, la justicia, el bien común - no tienen nada que ver con el progreso económico, científico o profesional. Por lo menos así nos dan a entender en su forma de actuar, si no lo dicen en palabras. Según ellos. es la conciencia de cada uno, conforme a sus propios fines e intereses, que determina lo bueno o lo malo del trabajo y los medios que se usa para lograr el éxito. Que se serruche el piso a los compañeros o miente o soborne no tiene importancia a fin de que se logre lo propuesto. Tampoco importa la contaminación o la destrucción del medio ambiente aunque ésta ponga en peligro la salud de los pobladores, en forma inmediata, o acabe con los recursos naturales que necesitarán futuras generaciones.

Un ejemplo muy concreto de todo esto es el modo de proceder de la industria pesquera de la Ciudad de Chimbote en la costa norte del Perú. Aquí se dice que el humo de las fábricas representa "plata" y progreso. Lo que no se dice es que ese humo representa enfermedades pulmonares serias para buena parte de la población, sobre todo en los niños, y la depredación de la riqueza del mar, privando así a futuras generaciones del Perú de los recursos necesarios para su bienestar.

 

Cuando no se puede ver el sol por lo espeso de la neblina mezclada con el humo gris de las fábricas (smog) y los narices detectan el olor de pescado quemado y podrido a 10 km. de la ciudad, se contentan no solamente los empresarios pesqueros, los armadores y los pescadores sino también los comerciantes porque habrá negocio, los médicos porque habrá más enfermos, los abogados porque habrá más reclamos y los políticos porque podrán lucir con su demagogia al denunciar todo esto mientras cobran una coima para no hacer nada al respecto.

 

Por supuesto, se entiende que en una situación de pobreza extrema y de desocupación masiva, criticar a una industria que provee fuentes de trabajo y de ingresos familiares parece insensato. Pero, en verdad, los argumentos que presentan los defensores de esta situación son de puro engaño e intentan evadir las cuestiones de fondo; nada tienen que ver con las verdaderas posibilidades de buscar una solución que ampara la salud de los trabajadores y pobladores, protege la riqueza de la nación y, a la vez, promueva el avance de la industria. Sólo tienen que ver con más ganancia a menor costo; sólo tiene que ver con valorar el dinero más que la vida y la dignidad de las personas.

 

Existen leyes, muy buenas leyes, que pretenden proteger a la población, los trabajadores y los recursos naturales; pero como canta el refrán - "hecho la ley hecho la trampa". Y es en este punto en que se percibe con claridad la falta de una ética cuya principio orientador es objetivo y universal. Es el lugar de "choque" entre aquellos que valoran su propio bien antes y a costo de los demás; es el escenario moderno en que se desarrolla la escena demasiadas veces repetida en nuestra historia, resumida elocuentemente por San Lucas cuando nos relata de la reacción de los fariseos frente a la opción disyuntiva que tiene que hacer cada persona en su vida: o el Dios verdadero o el dios dinero; "Los fariseos oían todo esto y por ser hombres apegados al dinero, se burlaban de Jesús." Burlarse de las leyes hechas para asegurar justicia, bienestar y equidad para ganar unos centavos más es la regla y no la excepción. No importa las consecuencias.

Lo que sucede en la industria pesquera de Chimbote ilustra en forma sintética lo que está ocurriendo en todos los ambientes de la sociedad en que predomina el pragmatismo político, económico y social en que el neoliberalismo económico se fundamenta.

 

Según los resultados de una encuesta, publicado en una revista norteamericana, pocos son los creyentes, de cualquiera de las religiones del mundo, que piensan que hay una relación entre lo que profesan en sus iglesias y lo que hacen en sus vidas públicas o privadas; entre su fe y su vida. La opinión personal prevalece sobre cualquier concepto moral, ético o religioso. Esta constatación es preocupante no solamente porque es una actitud que impregna casi todos los ambientes políticos, económicos y sociales, como hemos visto, sino porque refleja que algo anda mal en las religiones que no han sabido comunicar eficazmente la relación inseparable entre la verdad hablada y la verdad vivida. ¿O es qué también, en el nombre de la modernidad o para no perder miembros o para participar en las riquezas del mundo o para presentar una religión más fácil, las religiones han sacrificado sus valores y se han contentado con un discurso"espiritualizado" sin que éste sognifique un compromiso con la vida real y diaria?

 

En América Latina tenemos una situación única en el mundo; es un continente que se gloría en llamarse "católico". Por eso mismo es más escandalosa nuestra situación en cuanto a la falta de una ética en todos los campos. Basta leer los titulares de los periódicos del mundo para darnos cuenta de lo grave de la situación en el mundo entero. La corrupción impregna la vida en todas sus niveles: presidentes de Repúblicas destituídos y/o enjuiciados; congresistas sobornados; jueces en el pago de criminales; intereses políticos y/o económicos determinan la indignación, intervención o indiferencia frente a la destrucción de la vida humana en guerras y no, como nos quieren hacer creer, la justicia o el respeto por la vida humana o el amor a la democracia; empresarios, motivado por el lucro, vendiendo sangre contaminado por el SIDA u otros utilizando materiales de menor calidad de lo especificado para ganar un poco más, poniendo en peligro las vidas de miles y miles de personas; clero involucrado en escándalos sexuales; médicos que dejan morir a los pacientes en la puerta del hospital porque no tienen dinero; abogados que promueven juicios falsos que destruyen las vidas de sus víctimas; militares que impunemente hacen desaparecer a las personas y las entierren en fosas clandestinas; policías que prepotentemente utilizan sus uniformes para lucrar con la pobreza del pueblo; y más y más. Lo que hay en común en todos estos ejemplos parece ser la creencia que lo malo no es que se haya hecho daño a otros sino de haber sido descubierto y acusado por alguien que ha sufrido a consecuencia de sus acciones. No se siente mal por haber hecho algo inmoral sino por haber sido descubierto. Estar aprehendido con "las manos en la masa" es lo que produce vergüenza y no el hecho de haber mentido, robado, engañado o matado.

 

Poco bien hacemos en lamentar las crisis económica y política que están provocando mayores injusticias y más pobreza en nuestro pueblo si, a la vez, no criticamos, con valentía, las raíces de estas crisis, es decir, la crisis moral profunda. Es urgente que hagamos todo lo que podemos para recuperar la consciencia de la existencia de un código moral y ético que mira más allá del "yo" como criterio único de actuar en la sociedad. Sin valores transcendentales para guiarnos es evidente que todo lo que llamamos progreso o eficacia nos llevará a la autodestrucción de la sociedad misma. Está bien que el mundo avance pero que sea para beneficiar a todos y no a unos cuantos. Al asumir estos valores no estamos cediendo nuestra libertad a nadie; más bien estamos enriqueciendo nuestra humanidad.

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