Fr. Lino Dolan Kelly, O.P.

La primera Bienaventuranza

LA BIENAVENTURANZA DE LA POBREZA

 

SINTESIS DE TODAS

 

En el estudio de las bienaventuranzas, la pobreza se presenta como una exigencia primordial en ambas versiones. Ella, ciertamente, ocupa el lugar principal. Es más, la bienaventuranza de los realmente pobres de Lucas es la síntesis de las cuatro del mismo Lucas. Y, en San Mateo, la pobreza de espíritu sintetiza y engloba a las demás; pobre de espíritu es el hombre consciente de su pequeñez, de su insignificancia social, espiritual, humana; el que es humilde.

La pobreza es la puerta de entrada a la vida cristiana. La pobreza cristiana consiste en una libertad de corazón, en un desprendimiento de personas y cosas para crecer en el amor. En las dos versiónes de las Bienaventuranzas, la pobreza asegura una participación en el Reino que Jesús vino a establecer. En realidad, es una sola bienaventuranza: En Lucas, con contenido social económico; en Mateo, espiritual, que nace en el fondo de la persona.Pero en los dos, una sola, que resume y compendia a las otras. Una sola, explicitada, matizada, en sus diversos aspectos por las bienaventuranzas que siguen en uno y otro evangelista.

 

La pobreza no es una virtud; más bien es una actitud interior que resulta de la práctica de toda una serie de virtudes esencialmente cristianas. Es la actitud que resulta de la práctica de aquel amor que pone a Dios antes de las cosas, al prójimo antes de uno mismo.

 

No es dichosa en sí la pobreza como tampoco es maldita en sí la riqueza. El papa, Juan Pablo II, en su discurso inagural de la Conferencia Episcopal Latinoamericana en Puebla, México en 1979, nos ha dado la pista de comprensión de la correlación entre la pobreza y la riqueza que hace que la una sea bendita mientras la otra maldita: «hay ricos cada vez más ricos a costode pobres cada vez más pobres». No solamente coexisten simultaneamente riqueza y pobreza; la riqueza de unos no solamente se apoyan en la pobreza de otros sino la produce para poder mantenerse. Si no fuera por esta correlación de causa - efecto entre la pobreza y la riqueza, lo único que habría en el evangelio sería una evaluación masoquista del llanto y la pobreza, por sí mismos, valoración que es ajena a la promesa adudicada a cada bienaventuranza.

 

Los dos evangelistas, conjuntamente, nos dan luz para entender la antítesis pobreza - riqueza, y nos enseñan el verdadero rostro de la pobreza evangélica:

Lucas traza el problema existencial de la vida cristiana. Describe la imagen del cristiano de fuera adentro. Establece el condicionaimiento externo, social, más conforme con la vida real de Cristo, y más conveniente para el establecimiento del Reino de Dios en los corazones de los hombres. Es más realista y más concreto que lo de Mateo porque habla a los hombres de las realidades de su experiencia diaria.

 

Mateo traza la imagen del cristiano por dentro, en cuyo espíritu se asienta el Reino y florece las bienaventuranzas. Con una mirada penetrante, revela los esplendores de la futura felicidad, iniciada ya en su alma.

Distintas visiones de un mismo tema. Desde esta perspectiva, las bienaventuranzas constituyen un programa moral perfecto de vida cristiana, programa que abarca desde los primeros pasos en el camino hasta las más altas cimas de la santidad. Todas y cada una de las bienaventuranzas, tanto de San Lucas como de San Mateo, vienen en definitiva a confluir en la única y plena bienaventuranza cristiana: EL REINO.

 

En Lucas, como también en Mateo, la primera bienaventuranza contiene, virtualmente, las otras bienaventuranzas. Los evangelistas acentúan, cada uno, un aspecto de la realidad integral de la pobreza bienaventurada. Lucas considera especialmente el término del proceso: fija su mirada en la pobreza efectiva que es, y en cuanto lo es, fruto del desprendimiento o aceptación, al menos, de una realidad permitida, o querida por la divina providencia. Sin esa aceptación con el espíritu de Cristo, nunca hubiera podido bendecir Lucas la pobreza real. La pobreza, en sí, no es un bien o un fin.

 

Mateo contempla especialmente el origen de este proceso, el espíritu que da sentido cristiano a la pobreza real; sea esta impuesta por las circunstancias o voluntariamente aceptada.

¡De nada serviría la pura y material pobreza, respecto a la posesión efectiva del Reino de Dios, sin alma de pobreza!

Podemos decir, entonces. que hay un encuentro de los evangelistas, una convergencia de perspectivas, al revelarnos el verdadero rostro de la pobreza. La pobreza del espíritu de San Mateo nos lleva a la pobreza real; la pobreza real de San Lucas no es solamente consecuencia de la pobreza del espíritu sino condicionamiento y aún causa, a veces, del espíritu de pobreza.

 

La pobreza evangélica une la actitud de la apertura confiada en Dios con una vida sencilla, sobria y austera que aparta la tentación de la codicia y el orgullo (1 Tim 6, 6 - 10).

Se lleva a la práctica, también, con la comunicación y participación de los bienes materiales y espirituales.

En el mundo de hoy, esta pobreza es un reto al materialismo y abre las puertas a soluciones y alternativas de la sociedad de consumo.

 

La pobreza evangélica, la pobreza de las bienaventuranzas, es camino de todo discípulo de Cristo, sin excepción: Obispos, Sacerdotes, religiosos/as y laicos/as. Cada uno según su estado de vida. «La pobreza es una llamada y una gracia personal. Es decir, cada comunidad de Iglesia, cada cristiano, debe ir descubriendo la forma de pobreza que Dios le pide. No hay recetas. Esto está ligado a muchas circunstancias: la educación recibida, la cultura y forma de sociedad en que se vive, la función y trabajo que se tiene, la salud y equilibrio sicológico, etc. ... Pues, la pobreza ha de humanizar y liberar, interiormente, y eso es relativo para cada grupo y persona."

 

La pobreza evangélica es más una mística que algo determinado o reglamentado; es una actitud más que una forma concreta de expresión. Cada uno ha de buscar formas y modos que mejor traduzcan el espíritu del Evangelio. Como ya se ha indicado, no existe una virtud de pobreza sino exigencias que se refieren a la posesión y uso de todo aquello que se tiene: dinero, salud, tiempo, prestigio social, cultura.

 

Si es cierto que la pobreza evangélica tiene que ser la actitud de todo cristiano según su estado y condición de vida, también es cierto lo que nos dice el Concilio Vaticano II en cuanto a la pobreza en la vida consagrada: son «los religiosos quienes en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas»

«La pobreza voluntaria para el seguimiento de Cristo, del cual es distintivo hoy sobre todo apreciado, ha de ser cultivada diligentemente por los religiosos, y si fuera necesario ha de manifestarse con formas nuevas. Por ella se participa de la pobreza de Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que fuesemos ricos con su pobreza (vea 2 Cor 8,9; Mt 8, 20)

 

Santo Tomás de Aquino enseña que «al hombre se le aconseja el desapego de los bienes terrenos mediante la virtud, para usar de ellos con moderación; o de un modo más excelente, mediante el don del Espíritu, despreciándolos. Por eso, nos encontramos como primera bienaventuranza la de los pobres del espíritu, que se refiere al abandono de las riquezas y al desprecio de los honores»

Creo que se puede afirmar, tomando el contexto completo de los textos evangélcios de Lucas y Mateo que hay un encuentro de los evangelistas al interpretar igualmente el Reino de Dios, en su etapa terrestre, como Reino de los pobres, como Reino de la pobreza.

 

Cuando Lucas quiere afirmar la mesianidad de Jesús y la inauguración del Reino, cita la respuesta del Señor a los discípulos de Juan, tomado del Profeta Isaias (61, 1 - 3):

«Vayan a contarle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia la Buena Nueva a los pobres» (Lc 7, 21 - 22).

San Mateo, en su relato del último juicio, indica con toda claridad, quienes son los hijos del Reino: son los pobres, no sólo de dinero sino aquellos que carecen de cualquier cosa: inteligencia, salud, belleza, etc. (Mt 25, 31 - 46).

Hay, entonces, un encuentro, una cruce de miradas, una fusión de perspectivas en la visión del Reino de Dios, siempre creciendo en su etapa terrestre. Hay un encuentro final al galardonar la pobreza con la misma bienaventuranza eterna: el Reino glorioso de Dios (Lc), el Reino de los cielos (Mt).

La pobreza evangélica es un bien situado en el corazón del critianismo. Hay muchas maneras de realizarla. Esta actitud consiste en buscar por encima de todo el Reino de Dios y su justicia. El Reino no es solamenteo el primero (Mt. 6,33) sino lo único (Lc 12, 31)

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